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Los Dioses de la Tierra

 
 
 
       

   Miles de personas estaban arrodilladas en la explanada frente al templo, lloraban la muerte del último de sus dioses, el sacerdote bajo la escalinata del templo con rapidez llevaba en la mano un pequeño cofre de madera y oro muy bien ornamentado, se dirigió hacia lo que el pueblo denominaba las construcciones de los dioses. Una obra que habían hecho los propios dioses con sus poderes, que permanecería intacta por milenios y que albergaría un mensaje para la posteridad y que ellos el pueblo elegido serían sus custodios.  

   El sacerdote se acercaba a las construcciones, llevaba un aire como de ausencia y una lagrima le caía por la mejilla, estaba recordando el momento en el que presenció la llegada de aquellos dioses. Él en ese momento como era normal en su tribu había salido de cacería para alimentar a las mujeres y los niños cuando los vio bajar de la nada, la potente luz y el ensordecedor ruido le habían dejado conmocionado, pero cuando pudo volver a levantar la vista del suelo los vio descender caminando sobre un suelo de luz, él en ese momento rodilla en tierra levantó los brazos y les ofrecía lo poco que había cazado, los dioses ya junto a  él y con una sonrisa le acompañaron al poblado.

   Ya junto al altar y acompañado de su sequito de seguidores el sacerdote puso el cofre donde el último de los dioses le había indicado instante antes de morir. Recordando en ese momento como los dioses con todo su poder le habían enseñado el arte de construir y cultivar la tierra, la ganadería y una infinidad de cosas que desconocían. Habían hecho de su pueblo el más dichoso y poderoso del mundo según les dijo unos de los dioses; el más sabio pues los otros dioses les solían pedir consejo.

   Habían sellado la estancia con una gran losa de piedra, parecía como si nunca hubiera habido nada en ese lugar. El último de los dioses le dijo que era necesario guardar ese mensaje para el futuro, que su pueblo tenia que custodiarlo pasara lo que pasara que en su momento cuando tuvieran el conocimiento necesario entenderían el mensaje, pero hasta entonces les seria imposible volver a acceder al pequeño cofre pues el último de los poderes de aquel dios se había utilizado para sellar aquella estancia y ya no se abriría hasta que su pueblo tuviera ese conocimiento.

   El tiempo pasó, el sacerdote que fue el predilecto de los dioses difundió sus enseñanzas a otros; cuando también él murió y partió hacia la búsqueda de sus dioses, a éste le siguieron otros, y a esos otros muchos más, el pueblo con el tiempo perdió la fe en los dioses y hubo guerras muy cruentas, matanzas, enfermedades y se perdió su mensaje, el pueblo los olvidó para siempre.

   Tres mil años después un hombre salió de esas construcciones de los dioses con un cofre en la mano, portaba un mensaje estremecedor. Un helicóptero le esperaba en la explanada, al despegar dejaba atrás tres construcciones con forma piramidal, perdidas en mitad del desierto y desafiando el paso del tiempo. El portador del mensaje se dirigió al presidente de la nación más poderosa del mundo y se lo ofreció, pues en el cofre estaba su nombre. Él al leerlo quedó mudo, pues el mensaje de los dioses decía lo siguiente: somos los astronautas de la misión Marte uno, estábamos a miles de kilómetros de la tierra cuando hemos recibido su mensaje de felicitación y buena suerte en nuestra misión y algo pasó en ese instante, todo dejó de funcionar. Las comunicaciones dejaron de funcionar y los instrumentos se volvieron locos. Creo que pasamos por una alteración del tiempo. El resto ya se lo imagina., por favor dígale a nuestra familia que estaremos bien pues no volveremos a verlos más.

 

Francisco José Fernández García

 

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