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Paraiso Perdido

 
 
 
       

  Aloc, contaba siempre la misma historia a los chiquillos del poblado; estos entre risas y jugueteos le tiraban de la ropa para que se la volviera a contar. Historia que él bien conocía y que los retenía sentados a su alrededor hasta bien entrada la noche.

   En una galaxia perdida en los confines del cosmos, relucía una pequeña estrella, en la cual orbitaba un insignificante planeta. El planeta no tenía ninguna cualidad que le hiciera diferente a cualquier otro de los miles que pululaban por el universo, pero éste ocultaba un gran secreto, había sido escogido por los dioses como su morada eterna.   

 

   Un chiquillo le preguntó a Aloc que donde estaban los dioses, él le miró con ternura y le contestó, contándote la historia.

   Los dioses orbitando el planeta escogieron un lugar donde empezar a construir su hogar. Al poco tiempo en medio de la nada se erigía un esplendoroso vergel, con toda clase de plantas, ríos de un agua pura y cristalina y pequeños animalillos correteando de aquí para ya. En el centro de este lugar estaba la estancia de los dioses, un lugar donde se reunían y deliberaban sobre nuevos proyectos a realizar, pues querían hacer lo mismo con todo el planeta.

   Los dioses viendo que todo iba como tenían previsto, concertaron una reunión para deliberar si debían de crear nuevos seres que les hicieran compañía a ellos, y así fue como crearon a los seres humanos. Los dioses satisfechos por su nueva creación, dejaron que los humanos anduvieran por esos maravillosos jardines pero con especial cuidado de que nunca entraran en la estancia donde vivían los dioses.

   Unos de los pocos humanos creados por aquel entonces, llamó la atención de los dioses por su particular manera de comportarse, pues reflejaba un comportamiento de curiosidad innato en los demás congéneres y eso les preocupó, por que sabían que con el tiempo esa curiosidad se convertiría en inteligencia.

   Los dioses vieron con asombro que aquel humano curioso se había erigido como una especie de jefe de grupo al cual los demás seguían ciegamente en todos sus mandatos.

   Un día el humano, movido por la curiosidad de que hacía algún tiempo que ninguno de los dioses paseaba por los alrededores y a pesar de tenerlo prohibido por éstos, hizo acopio de valor y entró. Vio a uno de los dioses tendido en el suelo, como dormido, se agachó lo recogió en sus brazos y lo miró con curiosidad, el dios notando el calor del brazo del humano abrió los ojos, iba a decir algo –quizás, que quien cuidaría ahora de aquellos pobres humanos- pero Aloc, con ternura le puso el dedo en el labio y le dijo: sé que nosotros, al igual que los dioses tenemos fecha de caducidad.

 

Francisco José Fernández García

 

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