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Recuerdos del Futuro

 
 
 
       

  Este título “Recuerdos del Futuro” lo he puesto en honor a un escritor e investigador que tanto me hizo soñar en mi niñez con el mundo del misterio “Erich Von Däniken” cuyos libros conservo como si fueran de oro en mi abultada biblioteca –título por cierto de uno de sus geniales libros-. Esta historia o relato que da pie al título también podría ser el argumento de una película de Hollywood, quien sabe, cualquier día… vamos allá:

  El camino por el que circulaban los vehículos todo terreno estaba lleno de polvo y tierra seca, levantando a su paso una gran nube de polvo. Iban en fila y a toda velocidad, como si tuvieran mucha prisa por llegar a su destino. Al cabo de un rato, salen de la espesura del bosque y paran sus motores en un gran claro del terreno, se hace un total silencio, el calor es insoportable… las puertas de los vehículos se abren y dejan ver las botas de sus ocupantes, destacando del verde de los pantalones.

  Algunos hombres se afanan en sacar los materiales del interior de los vehículos, otros dirigen sus miradas a la montaña, mientras gesticulan con las manos. Un pequeño personaje hace acto de presencia en la explanada, como salido de ninguna parte y se dirige hacia el que parece ser el jefe del grupo. Habla unos instantes con él y le señala un punto concreto de la maleza. El jefe del grupo hace una señal a sus hombres y se dirigen tras la pequeña figura.

  El grupo marcha lentamente por un sendero del bosque, pues el viaje ha sido largo y fatigoso. El calor sigue siendo insoportable. Al cabo de unas horas, que han parecido días, el grupo llega a las inmediaciones de una gran montaña. El guía le indica un sendero que sube por dicho monte y que será la próxima ruta a seguir. El jefe de la expedición al ver el rostro desencajado de sus hombres, decide hacer noche allí y retomar fuerzas, para afrontarla al día siguiente ya frescos.

  Habían levantado un pequeño y acogedor campamento, las luces destacaban con la negrura del entorno. Los pequeños animalillos se asomaban curiosos entre la maleza, pues jamás habían visto nada igual en su pequeño paraíso. El líder del grupo anotaba sus impresiones en un pequeño cuaderno mientras saboreaba el humo de su pipa, el guía hizo acto de presencia, como surgido de la nada. Odiaba que se presentara de esa manera, pensó el jefe. Hablaron de los planes a seguir para el día siguiente. El cuaderno quedó abierto en lo alto de la mesa portátil, en él se podía distinguir con claridad sus anotaciones y una pequeña firma a pie de página que decía: Profesor de Arqueología, cargo que ejercía el líder del grupo.

  A la mañana siguiente y aún de madrugada, el grupo se puso en marcha. El insoportable calor sigue haciendo de las suyas. La subida es tediosa, pero el grupo lo hace con resignación. Las reservas de agua de las cantimploras disminuyen con apabullante rapidez. Conforme pasan los kilómetros la dificultad del terreno parece que mejora y deciden hacer un alto para reponer energías, el guía dice que queda poco camino y que para dentro de una par de horas estarán en le lugar previsto. El profesor no puede ocultar el gesto de satisfacción y enciende su vieja pipa, dispuesto a saboreando el agradable aroma de su tabaco.

  Después de un frugal almuerzo y la ingesta del té de rigor, el grupo se puso en marcha dispuesto a devorar los escasos kilómetros restantes. La distancia que les faltaba se hizo apenas sin dificultad y sin interrupción digna de señalar. A la hora fijada por el guía, el grupo hacía acto de presencia en el lugar donde se hallaba la entrada a una cueva, y que se hundía en el interior de la montaña; meta de la expedición. El profesor se puso a limpiar sus lentes de visión, era sin dudas, producto de su  nerviosismo.

  Con el transcurrir de un periodo de tiempo sin determinar, el arqueólogo volvió en sí y dispenso las órdenes al grupo. Los hombres se dispusieron a desembalar los equipos y a montar el campamento. El lugar de acampada se dispuso en la única zona firme de la montaña, además de ser un lugar estratégico en dicho macizo rocoso. A la hora todo estaba listo. El grupo, reunido ante la abertura de la cueva, no podían disimular su nerviosismo. Entraron.

  El profesor marchaba en cabeza, el guía no les siguió, decía que era un lugar sagrado y tenía prohibido entrar allí, por lo que esperó fuera. Detrás iba el resto de los integrantes de la expedición. Uno de los acompañantes -geóloga, para más señas- llamó al profesor, indicándole que reparase en las paredes de la gruta. Le expuso al profesor que aparentemente las paredes de la gruta no se habían formado de forma natural; más bien un calor extremo las había formado, tomando apariencia cuadrada y cristalina al enfriarse. Todos se sorprendieron de lo extraño del hecho. Siguieron internándose en el interior. Podían comprobar conforme avanzaban, como se dividía en pequeñas bifurcaciones que llevaban a otras estancias más pequeñas. Al final llegaron a una sala circular de inmensas proporciones.

  Tardaron varios minutos en recorrerlas con la mirada, para acto seguido ponerse cada uno en sus actividades correspondientes de una manera frenética. El profesor se dirigió hacia lo que parecía un hueco en la pared, más bien era un nicho, pensó. Llamó a uno de sus ayudantes para que le acompañara con la linterna, al llagar quedó petrificado. Ante él aparecieron los restos óseos de lo que fue un pequeño ser de aspecto deforme. Los otros acompañantes alertaron al profesor oquedades parecidas que contenía más restos óseos de seres similares. El profesor no podía aguantar su júbilo por el descubrimiento y el creciente nerviosismo que le embargaba, por lo que mandó que trajeran el resto de los materiales que dejaron en el exterior. La noche caía en el exterior, por lo que era prudente dejar la investigación  para el día siguiente y afrontarla con la mente despejada. El profesor como era su costumbre, descansaba con el aroma de su pipa, mientras su mente se hundía en sus pensamientos y su mirada, perdida, seguía las volutas de humo que se formaban al ser expulsadas de sus labios.

  Al salir el Sol, el grupo se hallaba en el interior hacía ya varias horas. El profesor estudiaba uno de los cuerpos hallados cuando algo llamó su atención, acercó su brocha, quitó el polvo y la tierra que lo cubría y ante su sorpresa apareció un pequeño trozo de piedra con apariencia de plato y extrañas inscripciones en forma de espiral. Otros miembros hallaron discos similares repartidos por la estancia.

  El profesor salió apresuradamente  para encontrarse con el guía, éste le esperaba fuera. Intercambiaron algunas frases y marcharon por un sendero, que si no fuera por el guía nadie lo hubiera encontrado jamás. Al cabo de varias horas ante su mirada apareció un pequeño poblado, como pequeño eran los que los habitaban. No podía ocultar su perplejidad. Parecían ser todos unos niños, de aspecto delgados y delicados, medirían según sus apreciaciones un metro veinticinco y unos cincuenta quilos de peso, la cabeza era desproporcionadamente grande con respecto al cuerpo y poco pelo, sus ojos son grandes y azulados. En su mente científica no los podía encuadrar en ninguna categoría racial, no encajaban en nada conocido hasta el momento. Habló con algunos pero sin llegar a obtener nada en concreto que le diera una explicación lógica, por lo que decidió volver al campamento base.

  Al llegar la geóloga puso en conocimiento del profesor otro descubrimiento asombroso, unos pictogramas tallados en la pared de la gruta y que por la oscuridad reinante del mismo le había pasado desapercibido. El profesor miró con intriga el pictograma. Ante la luz de la linterna surgía los dibujos que parecía reflejar el Sol, la Luna, las estrellas y la Tierra; con líneas de puntos que las conectaban entre si. Quedó sin habla por la repercusión que su descubrimiento podía acarrearle. Mandó que catalogaran todo lo que hubiera, él tenía que volver a la universidad a exponer el hallazgo en conocimiento de las autoridades pertinentes.

  El profesor abrió la puerta que daba paso al salón de juntas, las miradas se dirigieron hacia él. Tomó asiento. Empezó a exponer el tema, aunque ya por teléfono los había puesto al corriente del hallazgo. Presentó la documentación pertinente, fotos, planos de la ubicación, croquis del interior de la gruta e información del pequeño poblado y sus moradores. Todo lo recopilado hasta el momento de forma rigurosa y científica, no obstante el equipo era de lo mejor así como sus integrantes.

  La junta de la universidad, una vez estudiadas las pruebas presentadas dictaminó, sin haber estado ninguno allí y sin hacer caso del material aportado por el profesor, que los restos había pertenecido a pequeños primate que habían existido allí hacía siglos. Sin más convencieron al profesor que por su bien se dedicara a otras investigaciones y que no subvencionaban más estudios a esa región.

  Años más tarde uno de los integrantes del grupo, que ya se había convertido en un eminente estudioso, pidió permiso para hacer una catalogación de los restos que reposaban en los sótanos de dicha universidad. Una vez conseguida la aprobación su idea era estudiar todo el material encontrado en dicha excavación. Y a ello se dedicó solapadamente.

  Después de meses de estudio descubrió que los discos tenían una antigüedad de más diez mil años y que las espirales en realidad eran dibujos microscópicos. En su mente se dibujó una leve sonrisa, acudía la imagen de todas las eminentes personalidades allí  reunidas ante su apreciado profesor convenciéndole de que los restos eran de primates. Pero por favor ¿Cuándo un primate entierra a sus fallecidos? Y menos hacer dibujos microscópicos en piedras. Este descubrimiento de los discos de piedra le impulsó a seguir investigando.

  Transcurridas varias semanas más le llegaron los resultados de los análisis hechos sobre los discos: medidas 22,7 cm. diámetro y 2 cm. de grosor con un agujero en el centro y su composición contiene altos índices de cobalto y metales sin identificar, el material presenta haber sufrido altas exposiciones a energías de tipo radiactivo y eléctrico.

  ¡Menuda sorpresa! Se dijo para sí. A su mente acudió una idea y se puso en ello. La prueba que efectuó le dejó atónito. Lo que hizo fue, intercambiar los dibujos hallados en los discos por palabra, parar ordenarlas con coherencia posteriormente, decía así: una nave espacial de un planeta lejano hizo un aterrizaje forzoso en estas montañas. Buscamos refugio en estas cuevas. Nuestras intenciones eran pacíficas, pero no fuimos bien recibidos por el poblado que había por los alrededores, pensando que éramos hostiles. Mataron algunos de nuestros compañeros, al final nos admitieron y nos dejaron tranquilos. No conseguimos arreglar nuestra nave, por lo que nos tememos que el regreso a nuestro mundo será imposible. Salí de la habitación con la cara blanca y sin habla, sabía que nunca me creerían, pero tenía que divulgar dicha información. Ni que decir tiene que se le prohibió bajo amenazas a su persona que divulgara los resultados de dicho estudio. Todo quedó en el olvido.

  Con el paso de los años y el olvido general del asunto algunos objetos se expusieron en museos. Despertando curiosidad entre los visitantes. Había ciertas personas que por el boca a boca habían tenido acceso a dicho información pero sin llegar a creerlo del todo. Unas pocas de estas personas se toparon con los discos en el museo sacando unas cuantas fotos de las mismas. Por motivos desconocidos, estos discos se volvieron a ocultar; es más, hoy en día dicha universidad niega la existencia de estos estudios, de los disco y por increíble que parezca niegan conocer al profesor y a sus ayudantes.

  ¿Qué, os ha gustado esta pequeña historia? Pues ahora viene lo mejor ¡es totalmente auténtico! ¡No, no sonrías, es verdad! Sigue leyendo: ciertamente le he añadido algunos adornos, para más que nada intentar recrear el cómo hubiera sido tal hallazgo. Pero toda la información que doy al respecto es auténtica, mientras no se demuestre lo contrario, claro está. Os lo voy a resumir.

 

  

 

 

  El lugar de los hechos sucede en las montañas de Bayan-Kara-Ula, es una de las áreas más aisladas del planeta. La ciudad más cercana es Lhasa, en el Tibet, a una distancia de 640 km. al sur y por terreno casi infranqueable. El hombre al que debemos tal hallazgo y que yo llamo profesor en mi recreación es: Chi Pu Tei, profesor de arqueología de la Universidad de Beijing. El descubrimiento lo realizó en 1938.

  A la izquierda tenéis una de las fotos que circula del aspecto de los Dropas, pueblo que se dice descendientes de estos extraterrestres y que no encajan en ninguna categoría racial. Pequeña estatura, cabeza grande, poco pelo y ojos grandes, azulados. Son como vemos delgados, unos cincuenta kilos y de aspecto frágil.

 

 

   Esta foto que he encontrado investigando el tema y que no sé si puede ser real, encaja muy bien con los restos que Chi Pu Tei  pudo encontrar en el interior de la cueva y que sus superiores le empujaron, cortésmente eso sí, a suponer que eran pertenecientes a grupos de primates. Que por cierto, hacían disco de piedras y enterraban a sus muertos ¡cosa usual por cierto en el reino animal de hoy en día!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Estos son el aspecto de los discos (en total 716 discos datados por los científicos en unos 12000 años de antigüedad) hallados en el interior de la gruta. El profesor Tsum Um Nui (al que yo denomino en mi historia como su discípulo) en 1962 se dispuso a descifrar su significado. Los surcos era una especie de escritura microscópica, él, intercambiando dibujos por palabras logró descifrar su significado. Decía lo siguiente: que una nave espacial se estrelló en esas montañas, sus ocupantes (llamados por ellos mismos Los Dropas) unos seres de pequeña estatura se refugiaron en las cuevas buscando cobijo mientras intentaban repararla y que tuvieron algunos problemas con un pueblo cercano (llamado Los Han, se creen que podría ser una tribu Mongol y que montaban caballos, por datos que señalan los discos) y que vieron a los dropas como hostiles matando algunos de ellos. Posteriormente, al darse cuenta de que eran pacíficos, los dejaron tranquilos e incluso se llegaron a cruzar entre sí. Pero claro, los colegas de Tsum Um Nui lo atacaron dura y despiadadamente, lo desprestigiaron y obligaron a abandonar su cátedra. Esta información que poseemos actualmente nos llega del filólogo y profesor de la Universidad de Minsk (U.R.S.S) Vyacheslav Zaitsev y de su colega Alexander Kazantsev, que dieron a conocer el asunto en la revista alemana “Das Vegetarische Universum" y en la anglo-rusa “Sputnik”, contando la historia de los discos. En 1947 se tiene las últimas noticias de los discos gracias al aventurero Karyl Robins, fallecido en 1974, y que nos cuenta como vio los discos, gracias a un amigo suyo oficial del Ejército británico en la India y que le aseguraba que había convivido con los dropas durante un tiempo, habiendo estudiado sus costumbre y su historia, historia que confirmaba lo que nos describe los disco de su llegada a la Tierra en su libro “Los dioses de Sol en el exilio”.

 

  Todo el asunto queda olvidado hasta que en 1994 Peter Krassa localizó los dicos en el Museo de Xi’an, gracias a que un matrimonio (Ernst Wegerer y su mujer)  de vacaciones en china pudo fotografiarlos en el museo de dicha ciudad en 1974, con todo detalles.  

  Pues para nuestra sorpresa, en 1995 la agencia de noticias Associated Press de China comunicó lo siguiente: en la provincia de Szechuan junto a las montañas de Bain-Kara-Ula se encuentra una pequeña tribu aislada hasta ese momento del resto del mundo. Viven allí unas ciento veinte personas no catalogables en ningún grupo etnológico. Son de escasa estatura, no sobrepasando el metro quince. Desde entonces nada más se sabe de esta tribu y su paradero por parte de las autoridades chinas. ¡Sin comentarios!

 

Francisco José Fernández García

 

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